Algunos textos sobre Velintonia...

A lo largo de estos años muchos intelectuales han escrito sobre la importancia de Velintonia 3 en la historia cultural de nuestro país. Hemos escogido algunos de estos textos a modo de muestrario. La literatura sobre la casa de Vicente Aleixandre es mucho más amplia:

Alejandro Sanz
Presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre
«La calle de la poesía»
(2010)

En mayo de 1927, Vicente Aleixandre se trasladaba en compañía de sus padres, Elvira y Cirilo y de su hermana Conchita, a un chalé de dos plantas con jardín, sito en la calle de Wellingtonia, en un antiguo extrarradio de Madrid, al final de la avenida de la Reina Victoria. La nueva casa se hallaba en el parque urbanizado por la Compañía Urbanizadora Metropolitana entre 1920 y 1925 que fundaron los hermanos Otamendi y Juan Carlos Mendoza. Según rezaba la propaganda de la Compañía se propusieron «crear un parque urbanizado con hoteles modestos, rodeados de jardines y huertas, donde la clase media, al terminar sus ocupaciones, gozara del reposo y tranquilidad del hogar». De esta casa hará nuestro joven poeta su residencia definitiva hasta el mismo año de su muerte en 1984. «Al fondo, la azulada masa de la Sierra, casi vaporosa bajo un cielo de luces increíbles. Delante, las largas tierra de la Moncloa, apenas movidas, llanas, todavía precisas hasta el confín», escribe el poeta en uno de los encuentros que dedica a Cernuda cuando visita por vez primera su casa en octubre de 1928. Durante casi toda su vida, exceptuando el periodo de la guerra civil, Velintonia 3 fue la Casa de la Poesía, lugar de encuentro de la mayoría de poetas del 27 y de las generaciones sucesivas. Una casa recordada y cantada por la poesía en lengua española del siglo xx, desde Neruda en su célebre poema «¡Ay, mi ciudad perdida!» de Memorial de Isla Negra, hasta Juan Luis Panero o Pere Gimferrer.

DE WELLINGTONIA A VELINTONIA

En las primeras cartas que escribe Vicente Aleixandre desde su nueva residencia a algunos amigos y compañeros de generación como Gerardo Diego o Jorge Guillén, el poeta utiliza en sus encabezamientos manuscritos la palabra Velingtonia y no Wellingtonia como correspondía al nombre oficial de la calle, quizá para facilitar su lectura y pronunciación. A finales de 1928 escribirá ya en toda su correspondencia Velintonia que, curiosamente, nunca figuró en las placas municipales de la calle. Tanto el término original wellingtonia, como el que castellanizó el propio Aleixandre, se incluyeron por vez primera en el diccionario de la RAE, en 1970, en su decimonovena edición.* Tuvieron que pasar más de cuarenta años para que la palabra velintonia fuera aceptada —por la insistencia del poeta ante sus compañeros de la Real Academia—** como término español del nombre científico de esta especie de secuoya gigante propia de la Sierra Nevada de California.

Tras la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1977, las autoridades municipales de la capital anunciaron el cambio de nombre de la calle de Wellingtonia por el de Vicente Aleixandre. Al poeta le disgustó que la calle que él había castellanizado y que todos conocían como Velintonia adoptase su nombre. El 24 de mayo de 1978 se inauguró oficialmente la lápida de azulejos que hoy, veinticinco años después de muerte, continúa destrozada, víctima del vandalismo y del olvido. Asistieron al solemne acto municipal el entonces alcalde de Madrid, José Luis Álvarez, y académicos como Alonso Zamora Vicente, Camilo José Cela, Antonio Buero Vallejo, Joaquín Calvo Sotelo, Pedro Laín Entralgo, Eugenio Montes o Luis Rosales. Vicente Aleixandre declaró que aunque se sentía honrado por el reconocimiento municipal hubiera preferido que su nombre se hubiera utilizado para otra calle cualquiera y se limitó a saludar a los asistentes desde la ventana de su casa, quizá también porque aún estaba recuperándose del herpes zóster que a punto estuvo de dejarle ciego. Hoy, esta casa sigue siendo víctima del abandono y del desprecio de las administraciones públicas, pese a que en ella aún vibran los ecos de quienes la vivieron y habitaron, de toda la poesía española más notable y de quien contribuyó magistralmente, como pocos, a dignificarla con su obra.

* Definiciones en los diccionarios de la RAE:
(19.ª ed., Madrid: Espasa-Calpe, 1970.)
velintonia. (De wellingtonia.) f. Especie de secuoya, propia de la Sierra Nevada de California, de hojas escamiformes; pasa por ser el árbol de mayor talla en el mundo.
wellingtonia. (Nombre dado por el botánico inglés Lindley en recuerdo del primer Duque de Wellington, 1769-1852.) f. Nombre científico de la velintonia.

(22.ª ed., Madrid: Espasa-Calpe, 2001.)
velintonia. (De wellingtonia).1. f. Especie de secuoya, propia de la Sierra Nevada de California, en los Estados Unidos de América, de hojas escamiformes. Pasa por ser el árbol de mayor talla en el mundo.
wellingtonia. (Del primer Duque de Wellington, 1769-1852, militar y político británico, a quien John Lindley, botánico compatriota y coetáneo suyo, dedicó este árbol).1. f. velintonia.

** Vicente Aleixandre fue elegido miembro de número de la RAE en la sesión del 30 de junio de 1949. El 22 de enero de 1950 leería su discurso En la vida del poeta: el Amor y la Poesía y pasaría a ocupar el sillón O.

Antonio Colinas
«Salvar Velintonia 3»
La Gaceta de Salamanca
(2009)

Siempre entramos en la festividad de San Juan de la Cruz, el día 14, con la poesía cerca. Este día recibimos en Fontiveros al nuevo juglar, el poeta salmantino José Luis Puerto, una de las voces más decantadas y hondas de la poesía española actual, continuadora de la de nombres cimeros, como Claudio Rodríguez o Valente. Una voz, por otra parte, original, muy de Puerto. Pero el día anterior llegábamos de Madrid, de recordar el abandono de la casa del premio Nobel Vicente Aleixandre, uno de los asuntos más lamentables de la cultura española de los últimos años, en el que ha faltado una absoluta voluntad política por parte de todos, pero también intelectual. Los hechos son tercos y conviene recordarlos.

No existe ningún otro lugar en el mundo en el que la casa de un poeta Premio Nobel haya sido sometida a tal grado de incomprensión; hecho quizá unido al desconocimiento en que ha caído su obra. Mal sintoniza, en verdad, la poesía cosmovisionaria de Aleixandre, su riqueza y fulgor, con las poéticas del simplismo, lo plano y lo hueco. Y volvemos a insistir en el extraordinario valor simbólico que posee la casa. Por ella pasaron no menos de cinco generaciones de poetas, desde la del 27 (con Lorca, Cernuda o Neruda), la del 36 (con Miguel Hernández entre los mejor acogidos), la de la inmediata posguerra (Montale, Quasimodo), la de los 50 (Claudio Rodríguez, Brines), y la de los Novísimos. Este sentido de acogida radicaba en el carácter liberal de Aleixandre, en su fidelidad a la amistad y, sobre todo, como ya señaló en su día Cernuda, en el don que este poeta poseía para resolver problemas, aunar voluntades y activar el diálogo.

Valor simbólico de la casa, ideal para hacer en ella un museo del propio Aleixandre o un centro dedicado a la poesía española de posguerra, que él tanto siguió y apoyó. Como ya he dicho, la voluntad política e institucional falta absolutamente y la amenaza viene de que la casa no sólo puede ser vendida, sino que puede ser derribada, pues (sorprendentemente) estando protegido por ley el hermoso cedro del jardín no lo está el edificio. Quizá el protegerlo sería el primer paso que habría que dar. El segundo que, en tiempos de obras y gastos inconmensurables, no constituiría un problema si Gobierno, Comunidad, Ayuntamiento y herederos se pusieran de acuerdo. Pero este acuerdo no se ha dado nunca.

Así que, bajo la batalladora iniciativa de Alejandro Sanz, se abrió la casa abandonada a un grupo de poetas y músicos para recordar al maestro. No fue un acto contra nadie sino una sencilla toma de conciencia, un recordatorio, una muestra de fidelidad y de afecto hacia una persona, humanísima, que coronó su obra con el reconocimiento universal. Paradójicamente, mientras la casa de la calle Velintonia 3 se abandona, la casa de verano del poeta en Miraflores de la Sierra («Vistalegre») se respeta y enriquece con el esmero que ha puesto en ella su nuevo propietario, el escultor Miguel Rius. Y el Ayuntamiento del pueblo tiene en marcha un Centro de recuerdo para el poeta. Dos grandes y loables ejemplos de cómo se deben hacer las cosas: con voluntad y amor. Simplemente lo que en Velintonia con la placa de la calle aún vergonzosamente machacada!) falta.

Javier Marías
«De hacer honor a hacer desdén»
El País Semanal
(2006)

La atracción recíproca entre los políticos y los escritores siempre ha constituido para mí un misterio. Bueno, miento: que los primeros cortejen ocasionalmente a los segundos no resulta tan raro. A veces lo hacen para neutralizarlos (es difícil criticar a alguien que ha estado encantador con uno), otras para ponérselos como condecoraciones (si el autor goza de gran prestigio o le acaban de dar el Nobel, por ejemplo), otras para aparentar que son cultos y que tienen amigos civilizados (y puede darse que sea cierto, pero no a menudo). Lo que es un verdadero enigma es que tantos escritores acudan con presteza a las llamadas de los gobernantes y se crean sus bonitas y huecas palabras. Desde García Márquez y Saramago bailándole el agua a Fidel Castro, hasta el hoy manoseado Günter Grass arrimando el hombro, en su día, a la causa de Willy Brandt, la nómina presente y pasada es tan extensa que antes acabaríamos si mencionáramos sólo a quienes han procurado no mezclarse con dirigentes, ni para halagarlos ni para ser halagados por ellos. Por lo que yo he visto personalmente, en esas aproximaciones suelen primar dos elementos, la vanidad y la ingenuidad, y sólo en tercer lugar el provecho. Muchos escritores han creído con inocencia que podían influir en quienes mandan, sin darse cuenta de que lo que el intelectual le diga al poderoso, casi siempre le entra a éste por un oído y le sale por otro antes de que acabe la conversación entre ambos.

Uno de los autores que, sin ser grosero ni dado al desplante, jamás frecuentó esas altas esferas fue el poeta Vicente Aleixandre, a quien yo traté bastante entre 1971 y su muerte en 1984. Recuerdo que cuando le concedieron el Nobel, en 1977, le dio noventa patadas, si no las cien de la frase, que se presentaran corriendo en su casa algunos prebostes a felicitarlo y a hacerse unas fotos en su compañía insigne (entre ellos, si no me equivoco, el entonces Ministro de Cultura, Pío Cabanillas Gallas). Y quizá le dio muchas menos, pero alguna, la posterior presencia de los Reyes de España en su chaletito de la calle Velintonia. Don Juan Carlos le impuso en aquella visita la Cruz de la Orden de Carlos III, y declaró: «Es hora de hacer honor a nuestros poetas y a nuestros intelectuales». En una entrevista con el galardonado que reprodujo este diario, Aleixandre, al hablar de su casa natal en Sevilla, dijo: «Al parecer, el General Franco pasó al principio de la Guerra por Sevilla, y se quedó en esa casa, propiedad de una señora sevillana. Y hace unos años el Ayuntamiento puso una placa para recordar no el nacimiento mío, sino las breves estancias del General. "Algún día desaparecerá esa lápida", me dicen en broma mis amigos, "y pondrán una que te recuerde a ti"; yo no necesito lápidas, pero cuando paso por allí me fastidia, qué demonios … Después de todo, en esa casa nací yo».

Ignoro si a día de hoy existirá en Sevilla esa placa que le vaticinaban sus bienintencionados amigos, o si seguirá la de Franco, o si convivirán las dos, malamente. Lo que sí sé es que la «hora de hacer honor», según expresó el Rey, ya pasó en Madrid, y ha sido relevada por la de hacer desdén, o casi escarnio; porque la Asociación de Amigos del gran poeta lleva años suplicando que se rescate aquella casa de Velintonia por la que pasamos varias generaciones de escritores y en la que siempre encontramos palabras inteligentes y amables, y sobre todo enseñanzas. Entre 1995 y 2005 esa Asociación hizo más de una peregrinación institucional sin éxito, hasta que el año pasado convocó ante el chaletito una concentración de reivindicación y protesta, que obtuvo algo de eco durante unas semanas. Pero el Ayuntamiento de la capital rechazó en un pleno la iniciativa de adquirir la casa para convertirla en sede de una futura Fundación Vicente Aleixandre y en un centro de estudio de la poesía española del siglo XX. El Partido Popular (con mayoría en el Ayuntamiento) dijo que, si la compra se llevaba a efecto a partes iguales entre la Alcaldía, la Comunidad de Madrid y el Ministerio de Cultura, se daría vía libre al proyecto. Año y medio después no ha habido noticias de Gallardón, de Esperanza Aguirre ni de Carmen Calvo, a cuyas respectivas instituciones les sale el dinero por las orejas para megabelenes navideños clónicos y demás chorradas. Hace una semana la Asociación planeaba otra concentración, confío en que esta vez sea escuchada.

Aleixandre no sólo fue un extraordinario poeta y nuestro penúltimo Premio Nobel, sino también un hombre discreto y recto, contra el que casi nadie tuvo nada y sí mucho a favor la mayoría. Los políticos de 1977 se volcaron en zalemas, y hasta le cambiaron el nombre a su calle, en contra de su voluntad, para llamarla con el suyo. El Ministro de Cultura y los Reyes se molestaron en visitarlo, porque entonces, sin duda, les reportaba beneficio hacerlo, aparte de que sus sentimientos de admiración y respeto fueran sinceros, es lo más probable. Pero Aleixandre lleva muerto veintidós años y, a diferencia de su amigo Lorca, no dejó parientes celosos de su memoria ni combativos. Hoy ningún político tiene nada tangible que rascar en Velintonia, y así dejan que se pudra o se venda a particulares. Mientras esa inolvidable casa no se salve para la literatura, que el señor Gallardón y las señoras Aguirre y Calvo no se atrevan a pronunciar una palabra en favor de la cultura, porque será falsa, indefectiblemente, y no creída.

Fernando Delgado
(2005)

[...] Velintonia, gracias a la casa de Aleixandre, que fue una verdadera casa de la poesía y de los poetas, es el nombre de un lugar, de un espacio de la poesía en el que fueron acogidas varias generaciones de poetas, como muy bien ha recordado aquí Molina Foix. Allí se encontraron Lorca y Cernuda, en sus jardines saltaba como un chiquillo Miguel Hernández; ladraba Sirio, el perro del poeta (tuvo varios con el mismo nombre); con gran olfato para los versos, según Claudio Rodríguez, ladraba a los malos poetas. No a la buena gente de la poesía: José Hierro, Carlos Bousoño, Leopoldo de Luis o el incondicional José Luis Cano, siempre junto a Aleixandre. O Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma, el ya citado Molina Foix, Luis Antonio de Villena, Antonio Colinas o Marcos Ricardo Barnatán, por poner sólo algunos nombres, entre los que no puede faltar el de su incondicional Dámaso Alonso.

Marcos R. Barnatán
«Salvar Velintonia»
El Mundo (2005)

Si hay una palabra que concentre el espíritu de aquella casa es la palabra cordialidad. El amigo nuevo o el amigo veterano sentían esa ola cordial. Y también se contagiaban del entusiasmo que Aleixandre ponía en todas las cosas que le importaban. Recuerdo que mis visitas acababan siempre con una sensación de reconfortante aliento, animado por su ejemplo de poeta grande. Encima del sofá, había un paisaje de un pintor de su tiempo, Eduardo Vicente, y cerca de los ventanales que daban al jardín de atrás, donde merodeaba siempre un perro llamado Sirio, colgaba un alegre móvil de Calder. Mi mirada de incipiente crítico de arte no podía dejar pasar la presencia de un colorido dibujo de Miró, compañero ideal de Calder, del que Aleixandre se enorgullecía.

Pere Gimferrer
Discurso de ingreso en la RAE (1985)

[...] para bien de todos, espero y deseo que la casa de Vicente se mantenga siempre, como en vida del poeta y como ahora mismo, a título de perpetuado monumento incólume a un gran escritor y a su generación, del mismo modo que el carmen granadino de Manuel de Falla, para instrucción, ejemplo y goce de las generaciones futuras. Hago, por si algún día llegase a ser necesario, público llamamiento desde aquí en tal sentido a todos los amigos de Vicente y de la literatura y a las instancias públicas y privadas pertinentes para que así sea: es una responsabilidad que hemos contraído, es algo que a nosotros mismos nos debemos.

Vicente Aleixandre
Declaraciones a El País
(1984)

En esta casa, desde la que le hablo a Ud., vivo yo desde el año 1927. Siempre digo, como un recuerdo querido, que a esta casa vine siendo un poeta inédito. Después, en ella, he ido haciendo las cosas de mi vida a través de los sucesivos años.
Esta casa tiene un pequeño jardincito, donde yo por las mañanas, con un pequeño capote que tengo para esto, paseo por el jardín y leo un largo rato. Entonces aprovecho y cuido un cedro, no digamos pequeño, porque es muy grande hoy día. Pero yo lo planté hace ya 30 años, y este cedro es un arbolito que era de 30 centímetros cuando yo lo planté y hoy tiene una cantidad de metros inmensa. Lo tenemos que podar constantemente porque, si no, se come y derriba la casa.

Antonio Colinas
"Velintonia, 3"
El País (1977)

Pasará este día oscuro y húmedo que pesa sobre los chopos y los abetos del Parque Metropolitano; este día en el que las moles de Navacerrada -más allá Miraflores, el puerto de la Morcuera y el delicioso valle del Lozoya-, se borran y se confunden con la distancia y la lluvia. Pasará también este rumor nuestro de colmena, entre todos producido -el reconocimiento noticiable y, en consecuencia, perecedero- y la calle, y la casa con su jardín, volverán a hablarnos, con naturalidad, de lo que fueron, de lo que vieron.Se van las gentes, con la noticia hecha ya historia, y pasa el mediodía, y la tarde, y llega una noche despejada, fría y azul, sobre las luces y los pinares de la Moncloa. Y el recuerdo y las sombras del pasado desbordan el presente. Hay un dintel que vio pasar a Lorca y un espacio que supo de sus risas llenas de vida; un espacio que lo vio pasar, por última vez, un día de 1936, camino de la luz de Granada: una luz hermosa salpicada de sangre. Y había quedado la casa, tras su partida, turbada por una lectura de versos aún impublicados: los Sonetos del amor oscuro, un poemario amoroso de un tenso y desbordado contenido.

Hecho de tierra
Pasó la tarde, y el recuerdo busca los árboles a los que trepaba Miguel Hernández, los árboles con los que se coronaba el poeta hecho de tierra, de vegetales. También la casa supo de una última despedida, pero nada sabe ya de aquella primera carta perdida, simple como una nube o como un surco, que firmaba un pastor de Orihuela. Y llega, grande y pesarosa, la sombra de Pablo, de Pablo Neruda, desde Cuatro Caminos, a la hora de cerrarse la corola nocturna. Y me llega un recuerdo casi reciente, último, en el que los nombres de Neruda, Aleixandre y Velintonia están unidos. Fue en Milán, en marzo del 72. Entre otros muchos recuerdos del Madrid de entonces surgieron las preguntas de Neruda: ¿Cómo sigue Aleixandre? Aún vive en Velintonia, ¿no? También salía unos meses después hacia Chile. Y también él, en Chile, encontraba la luz salpicada de sangre.
Vuelven especialmente con fuerza, en la noche llena de noticias frescas, los desaparecidos que escribieron, ante todo y sobre todo, guiados por la poderosa razón de una vocación iluminada, y que son copartícipes del reconocimiento de hoy: Pedro Salinas, que encontrara en Sevilla la armonía de sus versos y de su persona; Luis Cernuda, silencioso, enlutado, frio, que también llegó a la calle de Velintonia un día de 1928 y que recorría las cosas con sus ojos negros sin mirarlas; Altolaguirre, siempre cargado de versos manuscritos e impresos, cuidadosamente impresos, y Emilio Prados, que no sé, en este momento, si pasó por Velintonia, pero siendo, como eran, Málaga y él una misma cosa, no se puede decir que Málaga no estuviera siempre presente en aquella calle.

Compañeros vivos

Pasan, para quedar, después de la noticia, las sombras de los que se fueron. Y pasaron y pasan los compañeros vivos de aquel tiempo de ejemplos y de estímulos en el que, sin falsas retóricas, se puede afirmar que el nombre de España iba fuertemente unido al del arte. Y pasarán, todavía, tres promociones más de poetas. Cincuenta años de poesía han acogido las paredes de esta casa de Velintonia, 3. Y, en esencia, ha sido toda la poesía de este tiempo: la de los grandes nombres, y la de los pequeños nombres, e incluso la de los nombres desconocidos. Desde siempre, la casa, atenta sólo a la verdad y a la generosidad, no cerró nunca sus puertas. Y el retrato melancólico que Vicente Aleixandre nos ha dejado de su Poeta desconocido representa el caso emocionado y extremo de una vida dedicada a la poesía y a la amistad. Aquel retrato de un soldado al que el uniforme le quedaba desmesuradamente grande, del que nada hemos vuelto a saber y que acaso hoy, oculto en algún rincón de España, ni siquiera ha tenido conocimiento de la noticia en torno al nuevo Nobel.

Pablo Neruda
«¡Ay! mi ciudad perdida»
Memorial de Isla Negra

Me gustaba Madrid y ya no puedo / verlo, no más, ya nunca más, amarga / es la desesperada certidumbre / como de haberse muerto uno también al tiempo / que morían los míos, como si se me hubiera / ido a la tumba la mitad del alma, / y allí yaciere entre llanuras secas, / prisiones y presidios, / aquel tiempo anterior cuando aún no tenía / sangre la flor, coágulos la luna. / Me gustaba Madrid por arrabales, / por calles que caían a Castilla [...] / mientras enderezaba mi vaga dirección / hacia Cuatro Caminos, al número 3 / de la calle Wellingtonia / en donde me esperaba / bajo dos ojos con chispas azules / la sonrisa que nunca he vuelto a ver / en el rostro / -plenilunio rosado- / de Vicente Aleixandre / que dejé allí a vivir con sus ausentes.

... y otras casas de escritores

Santiago Riopérez y Milá
«Casas de escritores»
ABC (2000)

Yo siento una rara atracción por las casas de los escritores; especialmente por aquellas en que transcurrieron su infancia y adolescencia. Porque las primeras etapas formativas de los artistas se moldean, se hacen, se fraguan en función del entorno. Y las casas, las viejas casas campestres, con sus amplios jardines sombríos, con sus grandes estancias, con sus muebles preciados, conforman nuestro espíritu y le dejan para siempre una huella indeleble y vivísima. ¿Y qué diremos de los cuadros oscuros en que destaca la imagen, tal vez atormentada, de un antepasado nuestro? ¿Desde qué fondo de siglos nos lanza una mirada enigmática en que late la profunda, honda, dolorosa, complicidad de la vida?

Yo he visitado muchas casas de escritores: viejos palacios, antiguas mansiones, que aún hoy conservan con amor y atención los perdidos recuerdos de sus moradores; el hálito invisible de su presencia: sus cosas, sus libros, sus papeles. En Francia, en Italia, en Inglaterra —en principio, en España— yo he despreciado el turismo oficial, alegre y llamativo, y me he parado, fervoroso y estremecido, en aquellos lugares donde, hace muchos años, comenzaba a balbucir la palabra de un escritor, ese misterio que representa, a través del tiempo, el nacimiento confuso de una vocación. Y creedme: esos parajes, esos árboles, esos muros —algunos derruidos—, estaban todos transidos de una fuerza, de una pujanza, de una misteriosa idealidad.

Penetremos en ellas; no nos quedemos absortos en su entrada, paralizados un poco por esa atmósfera que sentimos los que unimos a una visión de realidad presente, el cúmulo impalpable etéreo, de los sentimientos. Si avanzamos, quizá nos tropecemos con bancos solitarios, hamacas desvencijadas, sillas donde el peso de otros días marcaron un hoy imposible de restañar. Tal vez, alucinados, descubramos algún roto juguete, alguna prenda descolorida, unas cuartillas destrozadas y amarillentas. Y, entonces, nuestra imaginación se desenfrena, se alborota, se precipita. Vemos al escritor desaparecido, niño aún, junto a su madre solícita y bondadosa.

Pero ya estamos en su pequeño cuarto de trabajo, en su modesto taller de artesano de las palabras, y aquí están sus primeros libros, los ejemplares de los diarios que llegaban por la mañana, por caminos largos y difíciles: sus cuartillas, sus lápices de colores, sus plumillas de acero; los viejos butacones donde ensayaba sus descansos —quién sabe si vigilias tensas y desesperantes—; los queridos retratos de familia. Tened un minuto de compasión y de amor; no miréis a vuestro alrededor superficialmente. Si os atrevéis, sentaros con respeto en su vieja butaca. Aquí germinaron las bellas páginas, los poemas imperecederos, los mitos inmortales de la literatura universal. Todo un mundo gigantesco que sobrevivirá a estas paredes, a estos jardines, a estos lugares.

En las tardes de otoño, en mi casa de campo, yo contemplo las fotografías de todas estas casas que he visitado a lo largo de mi vida. Y pongo sobre mi mesa la del castillo de Montaigne —en Burdeos— y la del Collado de Salinas —en las afueras de Monóvar—. Montaigne divisaba a través de la ventana de su estudio una campiña feraz y ondulada, parecida a la contemplada por Azorín, en sus tierras nativas. Y siento en las páginas de estos dos escritores —tan unidos desde su distancia— la sensación del paisaje de su niñez. Permitidme, al fin, que piensa que en la literatura de ambos renace la unión primeriza de su infancia y de su adolescencia.

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